miércoles, 20 de octubre de 2010

Los primeros caníbales del mundo, pillados en el acto


Los trilobites, hasta ahora inocentes criaturas que poblaban el registro fósil, podían llegar a devorarse los unos a los otros. La evolución de duros esqueletos exteriores en estos animales, se interpreta generalmente como una adaptación contra los depredadores.

Por su aspecto, parecido a una simpática cochinilla, nadie diría que los pequeños trilobites, una clase de artrópodos que desaparecieron hace 250 millones de años y muy conocidos por los paleontólogos, podían llegar a una violencia tan inusitada. Nuevas pruebas aportadas por investigadores norteamericanos sugieren que estos animalitos se atacaban y devoraban los unos a los otros, una depredación sin clemencia que les convierte, posiblemente, en unos de los primeros caníbales de los que se tiene constancia en la Tierra.

McMenamin, paleontólogo del Mount Holyoke College en Massachusetts (EE.UU.), descubrió estos terribles episodios de canibalismo primitivo en unas rocas repletas de fósiles de trilobites de la época del Cámbrico que llegaron a su poder por una donación. Los artrópodos más grandes parecían haber subido sobre los más pequeños. Había marcas de mordiscos e incluso uno de ellos se había zampado la mitad de un compañero. «Es una depredación», asegura McMenamin a Discovery News.

Sexo salvaje

Existe una segunda interpretación sobre la posición de los fósiles, algo menos agresiva, aunque bastante más fogosa. Es posible que los trilobites, simplemente, se estuvieran dedicando a aparearse. En el mundo animal, hay precedentes de sexo más que animado por cicatrices encontradas en cangrejos y hasta en los gatos. Sin embargo, sí existe un acuerdo entre los científicos en que los trilobites eran depredadores y caníbales. La evolución de duros esqueletos exteriores, también en estos animales, se interpreta generalmente como una adaptación contra los depredadores.

Un trilobite, a punto de devorar a un congénere. Foto: Mark McMenamin. Diario ABC (España)

domingo, 11 de octubre de 2009

El misterio de Fossil Lake resuelto a lo Sherlock Holmes


Desde comienzos del siglo XIX, Fossil Lake (el lago fósil), un lugar de 52 millones de años de antigüedad en el suroeste de Wyoming (EE.UU.), ha sido conocido por sus peces, insectos, reptiles (cocodrilos incluidos), pájaros y mamíferos. Contiene millones de ellos, bellamente preservados en capas de piedra caliza intercalada con ceniza volcánica. Y sin embargo este paraíso paleontológico encierra un oscuro secreto: las muertes masivas no fueron causadas por un solo acontecimiento. Las capas intercaladas de ceniza muestran que ocurrían con regularidad. Hasta ahora, nadie ha dado una explicación satisfactoria de los hechos.

Jo Hellawell del Trinity College Dublin (Irlanda) en el papel de Sherlock Holmes, y sus colegas de la Universidad de Bristol (Reino Unido) haciendo de Dr. Watson, piensan que han resuelto el misterio usando dos elementos característicos del personaje de Arthur Conan Doyle: amplios conocimientos de química y la máxima de que una vez eliminado lo imposible, lo que quede, no importa lo improbable que sea, debe ser la verdad.

Una posibilidad, el que las erupciones que dieron lugar a las cenizas fueron las responsables, se descarta fácilmente porque las capas de ceniza no se correlacionan con las ricas en fósiles. Grandes tormentas o inundaciones también parecen causas altamente improbables. Habrían arrastrado grandes cantidades de roca dentro del lago en los momentos en los que murieron los animales; pero los fósiles están rodeados solamente de capas finas de cieno. Las sequías tampoco parece que sea probable que fuesen las culpables. Habrían dejado pistas discretas en la composición isotópica de la caliza, al desplazar las proporciones de las versiones pesada y ligera de los átomos de carbono y oxígeno del carbonato cálcico.

Una vez demostrado que los acontecimientos climáticos o medioambientales son explicaciones improbables, Hellawell y sus colegas comenzaron a analizar los sedimentos con mayor detalle. Primero, consideraron la posibilidad de que hubiese habido una emanación estacional de agua tóxica o pobre en oxígeno. Los cambios de temperatura en el lago durante el invierno podrían haber hecho que subiese agua estancada a la superficie asfixiando así bancos enteros de peces. Concluyeron que estas emanaciones podrían explicar claramente las muertes masivas de peces, pero no así las de los insectos, reptiles, pájaros y mamíferos, ya que estos animales respiran aire y no oxígeno disuelto en el agua.

La única posibilidad que quedaba era que el mismo lago se convirtiese de alguna manera en una enorme olla de veneno, intoxicando a cualquier animal que bebiese las aguas o comiese los animales que encontrase dentro. ¿Cómo podía ser esto posible en primer lugar, que ocurriese repetidamente, y que en el ínterin el lago se repoblase? El 23 de septiembre pasado, en la reunión anual de la Sociedad de Paleontología de Vertebrados (Reino Unido) Hellawell anunció que su equipo había resuelto el misterio.

El equipo analizó los compuestos orgánicos de las rocas de Fossil Lake. Este análisis detectó 4-metil esteranos (el esterano es el nombre corto del ciclopentanoperhidrofenantreno y la base química de los esteroides). Estas sustancias son producidas a menudo por microalgas llamadas dinoflagelados. Muchos dinoflagelados son inocuos, pero otros producen neurotoxinas. En varias partes del mundo, como en los mares que rodean la península de la Florida o en las rías gallegas, los dinoflagelados tóxicos algunas veces se multiplican hasta formar lo que se llaman florecimientos, más conocidos como mareas rojas por el color de estas algas. La liberación de grandes cantidades de neurotoxinas hace que todo lo que se mueve cerca de estos florecimientos muera.

Los florecimientos tóxicos también ocurren, aunque a menor escala, en agua dulce, estando ligados a la disponibilidad de nutrientes. Esta, según Hellawell, sería la respuesta al misterioso caso de Fossil Lake. Elemental.

[En la imagen, retrato de los dinoflagelados sospechosos realizado por Ernst Haeckel, Peridinea, 'Kunstformen der Natur''- 14 (1904)]